martes, 15 de marzo de 2011

La minoría rusa en los países bálticos

Estonia, Letonia y Lituania con el color de sus banderas
Desde que finalizaron las guerras en la antigua Yugoslavia, en Europa se tiende a pensar que ya no existen problemas étnicos relevantes en el viejo continente. Salvo algunas tensiones en la periferia continental, como Moldavia o Ucrania, el maltrato a las minorías por parte de mayorías nacionales parece algo superado y más propio del sangriento siglo XX. En esta nueva centuria, se piensa, los conflictos étnicos son algo propio de otras regiones; Europa está libre de ellos gracias, sobre todo, a la labor de la Unión Europea y sus políticas de integración y protección de las minorías. Lo que se suele olvidar es que esto no es totalmente real, siguen existiendo situaciones de conflicto étnico en numerosos puntos del Este del continente. La paz en la antigua Yugoslavia sigue siendo artificial y se debe más a la presencia y ayudas internacionales que a la solución real del problema. Bosnia, Kosovo o Macedonia siguen estando amenazadas por el fantasma de un conflicto entre nacionalidades. Podemos argüir que son países todavía fuera de la Unión Europea y que por tanto una vez accedan al selecto club de Bruselas sus problemas se verán paliados, tal y como ha pasado en el resto de países del Este. El respeto a las minorías es uno de los requisitos principales que los países miembros de la UE impusieron a los candidatos del otro lado del Telón de Acero, recordando las décadas de persecución de las minorías por parte de las mayorías nacionales en esta parte del continente. Sin embargo pertenecer a la UE no ha resultado ser garantía de respeto para algunas de las minorías que, dentro de la Unión, sufren la marginación en ciertos países. El caso más claro es el de la minoría rusa en los países bálticos, de la que trataremos en este artículo. Las elecciones legislativas en Estonia del pasado 6 de marzo volvieron a recordar a Europa que aún existe una minoría sin derechos en la Unión, y un país donde cerca del 10% de su población no tiene derecho a votar por pertenecer a un grupo nacional diferente al mayoritario.

Desde el año 2004 los países bálticos son miembros de la Unión Europea y desde entonces la situación de la minoría rusa en estos estados ha sido un asunto de primera magnitud, sobre todo en las relaciones de Bruselas con Moscú. La situación de marginación de los rusos en los países bálticos, excepto el caso de Lituania, no tiene parangón en otras partes de la Unión Europea, salvo quizá el de la población gitana. El problema además cobra importancia si analizamos el peso demográfico que esta minoría, la rusa, tiene en el conjunto de los países bálticos. En Estonia se calcula que un 28% de la población es de origen ruso, un 37% en la capital Tallin. En las comarcas del noreste, en la frontera con Rusia, llegan a ser mayoría, siendo un 86% de la población en Narva, la principal ciudad de la región. En Letonia el peso demográfico es incluso mayor, hasta un 32,5% en el conjunto del país y un 40% en la capital Riga. En Daugavpils, la segunda ciudad del país, los rusos son mayoría. Por último, en Lituania el porcentaje de rusos es considerablemente menor, un 8%, un 14,5% en la capital, Vilnius. Por tanto se trata de una minoría con un gran peso demográfico en la región y con una presencia histórica que se extiende en el pasado hasta el siglo XVIII. Si a las cifras contempladas añadimos el porcentaje de bielorrusos y ucranianos, que sufren el mismo trato que la minoría rusa, nos encontramos con que tanto en Estonia como en Letonia más de un tercio de la población procede de territorios de la ex-Unión Soviética (URSS). Esto, en países fuertemente nacionalistas y que han sufrido durante siglos el dominio ruso, supone un auténtico problema no sólo para ellos, sino también para Bruselas y Moscú.

La minoría rusa es vista por la mayoría de la población estonia y letona con hostilidad, lo que ha provocado la marginación social, política y económica de esta minoría a unos niveles poco comparables a cualquier otra situación en la Unión Europea. Los rusos se han visto apartados, desde la independencia de las repúblicas bálticas en 1990, de poder participar en elecciones, poder realizar según qué profesiones o actividades económicas, poder ser educados en su propio idioma o lo más básico, ser ciudadanos y tener un pasaporte, negándoles incluso el derecho a abandonar el país. Para entender mejor la situación debemos encontrar las claves históricas que explican la hostilidad de los pueblos baltos hacia la minoría rusa.

Como ya he señalado anteriormente, el dominio ruso en la región se retrotrae hasta siglo XVIII cuando la región fue disputada por Suecia, entonces la gran potencia del Norte, y el expansivo reino de Rusia. Tras numerosas guerras, en las que participaron otras potencias que ambicionaban la región como Polonia o Dinamarca, el poder ruso se impuso en los países Bálticos. Desde entonces y hasta la Primera Guerra Mundial, Estonia, Letonia y Lituania formaron parte del Imperio Ruso. No fue hasta que Rusia se vio afectada por la Revolución Rusa en 1917 y firmó la paz de Brest Litovsk con el Reich Alemán, que estas provincias dejaron de depender de Petrogrado, por entonces capital del Imperio Ruso, y pasaron al control de Berlín. La derrota alemana en 1918 trajo a los países Bálticos la ansiada independencia, garantizada por las potencias aliadas (Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos) y por el principio de autodeterminación de las naciones, uno de los famosos 14 puntos para la paz del presidente norteamericano Woodrow Wilson. El interés real de los aliados era evitar que la zona estratégica de los países bálticos, vital para el control del Mar Bático por parte de Rusia y la salida al Mar del Norte, cayese en manos del gobierno comunista de Moscú. Durante los años 20 y 30 los tres estados, Estonia, Letonia y Lituania evolucionaron hacia regímenes fuertemente nacionalistas, fervientemente anti-rusos y anti-comunistas. El miedo al gigantesco vecino soviético empujó a los países bálticos hacia regímenes autocráticos y militaristas. Por entonces la presencia de rusos en las nuevas repúblicas no era significativo, suponían entre un 8 y un 10% de la población en Letonia, un 4% en Estonia y un 2% en Lituania. En agosto de 1939, un mes antes de que empezase la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi y la URSS de Stalin firmaron el acuerdo Molotov-Ribbentrop por el cual secretamente Moscú permitía la invasión alemana de Polonia, a cambio de que Hitler permitiese la invasión soviética de las repúblicas bálticas. Ya en 1940, en el fragor de la Segunda Guerra Mundial, con una Polonia ocupada por tropas alemanas y soviéticas, Stalin llevó a cabo su tan esperada invasión y anexión de las repúblicas bálticas. Moscú perdería el control sobre esta región durante la invasión alemana en 1941 hasta que a principios de 1944 los países bálticos fueron “liberados” por el ejército rojo de Stalin. Desde entonces Estonia, Letonia y Lituania, constituidas en Repúblicas Socialistas Soviéticas, pasarían a estar férreamente controladas desde Moscú.

Situación de las Repúblicas Bálticas en Europa
Siguiendo su política de genocidio en otras regiones, Stalin, tratando de debilitar el peso demográfico de naciones no rusas en los países bálticos, deportó a decenas de miles de estonios, letones y lituanos hacia otras partes de la URSS y a los gulags siberianos, a la vez que favorecía la emigración de rusos hacia estos países. Ya durante el resto del periodo soviético, que se extendió hasta 1990, las deportaciones finalizaron pero la emigración de rusos continuó. Sobre todo debido a que, a pesar de que eran regiones pobres en comparación con Europa, los países bálticos eran la zona más próspera de la URSS. Esto provocó la llegada masiva de rusos, ucranianos y bielorrusos, debido al mayor nivel de vida, pero también de militares retirados o pensionistas en busca de un lugar con buenas condiciones económicas para su retiro. Sin embargo durante los primeros años la gran mayoría de emigrantes fueron trabajadores que llegaron para reconstruir la industria de los países bálticos, totalmente devastada por la guerra. Estos inmigrantes se asentaron principalmente en las ciudades, donde estaban las fábricas, lo que explica que todavía hoy gran parte de la minoría rusa se concentre en los núcleos urbanos. La emigración de rusos a Estonia y Letonia fue mayor que a Lituania debido a que en esta última región las leyes sobre vivienda y empleo eran más severas. Con la independencia en 1990 de la URSS, estonios, letones y lituanos se encuentran que por primera vez desde 1940 son dueños de sus destinos, pero que un tercio de su población no comparte ni su lengua ni su cultura, representa a la potencia que las ha dominado y sojuzgado durante siglos y que mantienen lazos lingüísticos y culturales con su principal enemiga y colosal vecina, Rusia.

Vistos como símbolos de 50 años de represión, deportaciones y erradicación cultural, los rusos fueron marginados desde el primer momento por las nuevas repúblicas recién independizadas. Tras 20 años pocas cosas han cambiado, aunque las continuas llamadas de atención desde Bruselas han mejorado la situación de la minoría rusa. Empezando por Estonia nos encontramos que tras la independencia de la URSS, la nueva república aparta sin pudor a un tercio de su población, los rusos, a la categoría de no-ciudadanos. Se le otorgó la ciudadanía a todos aquellos que tuviesen la ciudadanía estonia antes del 16 de junio de 1940 así como a sus descendientes. En cambio aquellos que hubiesen llegado a Estonia durante los años de ocupación soviética debían de demostrar conocimientos en historia, cultura y lengua estonias. Debían de contar con ingresos permanentes y legales suficientes para automantenerse y mantener las personas a su cargo. Además tenían que pronunciar un juramento de lealtad a Estonia. Tras 20 años estas duras medidas han dejado a entre unas cien mil y ciento treinta mil personas sin ciudadanía, los llamados no-ciudadanos, la gran mayoría rusos. Se caracterizan por llevar unos pasaportes grises que no les permiten salir del país u obtener un pasaporte de la UE. Además, debido a la Ley de la Lengua, cualquier cartel publicitario o señal en ruso está prohibido. Los rusos con desconocimiento del estonio tienen muchas dificultades para acceder a profesiones como abogados, notarios, o cualquier puesto en el sector público. La consecuencia de todo ello ha sido que gran parte de la minoría rusa en Estonia se encuentra en la marginación. El desempleo es el doble entre rusos y la diferencia entre los sueldos de estos y los estonios es de un 25% a favor de los segundos. La minoría rusa supone un 58% de la población presidiaria y un 80% de los casos de sida. Además se ven acosados por continuas inspecciones para demostrar que saben estonio; en caso contrario pueden incluso perder el trabajo. El único espacio de libertad para los rusos es la participación en las elecciones locales. En cambio en las elecciones nacionales no pueden votar. El miedo a darles el voto se basa en el temor de los partidos tradicionales del país, conservadores y fuertemente nacionalistas, a perder la hegemonía política que han disfrutado desde la independencia. El Partido Estonio del Centro, de centro-izquierda, es el partido al que más apoyan los rusos de Estonia. Su líder, Edgar Savisaar, es el alcalde de Tallin, donde más de un tercio de la población es de origen ruso. En las elecciones legislativas del pasado 6 de marzo su formación política obtuvo un 23,3% de los votos, manteniéndose como el segundo partido con mayor representación en el Parlamento y como principal voz de la minoría rusa.

En Letonia la situación es muy parecida a la de su vecina Estonia. 20 años después de la independencia, del 30% de población de origen ruso que existe en Letonia, sólo la mitad tiene la ciudadanía. 480 mil habitantes, un 21% de la población, siguen sin la ciudadanía letona, la mayoría de ellos rusos, aunque también bielorrusos y ucranianos. Esto es consecuencia de la Ley de Ciudadanía adoptada en 1991 que sólo otorgó la ciudadanía a aquellos que ya vivían en Letonia antes de 1940 y sus descendientes, lo que dejó sin ciudadanía a los rusos emigrados durante el periodo soviético e incluso a sus descendientes, ya nacidos en suelo letón. Para adquirir la ciudadanía letona los interesados debían acreditar, al igual que en el caso estonio, conocimiento de la lengua y la cultura de Letonia. Debido a presiones de la UE, se ha bajado el nivel de exigencia, ahora tan sólo hay que aprobar un examen de letón básico, un examen de historia y pagar 30 euros. Aun así la mayoría de la minoría rusa sigue sin ciudadanía lo que supone el no tener derecho a voto, no poder ser candidato a unas elecciones, no poder poseer tierras o no poder participar en organizaciones políticas. A nivel educativo, es obligatorio que un 60% de las asignaturas en las escuelas públicas se den en letón. A pesar de las numerosas restricciones existe un partido político, el Harmony Centre que, defendiendo los intereses de la minoría rusa, ha logrado también el apoyo de sectores progresistas de la población letona, logrando en las últimas elecciones de 2010 un 26% de los votos y consiguiendo ser el segundo partido más votado. En la capital, Riga, es el partido que gobierna.

Porcentaje de población rusa
Lituania es el caso ejemplar de como integrar a la minoría rusa. Aunque de un peso demográfico considerablemente menor, los rusos representan un 8% de la población, Lituania ha sabido integrar de forma menos traumática a las minorías heredadas del dominio soviético. Al contrario que sus repúblicas hermanas, en 1991 al independizarse, Lituania otorgó la ciudadanía a todos sus habitantes, independientemente de su cultura, lengua u origen. Esto ha permitido que las tensiones políticas y sociales que se han producido en Estonia y Letonia no se hayan repetido en Lituania. Las buenas relaciones diplomáticas con Moscú también han mejorado la situación de la minoría rusa en el país.

La situación de marginación de los rusos en Estonia y Letonia no ha desembocado, por ahora, en conflictos más serios. Salvo los violentos enfrentamientos que se produjeron en Estonia en 2007 entre rusos y estonios, tras la retirada por parte del gobierno de un memorial soviético de la Segunda Guerra Mundial, los episodios violentos han sido muy limitados. Pero no por ello debemos de olvidar la situación de marginación que vive la minoría rusa en estos países. Amparándose en que la ocupación soviética fue ilegal y por tanto los emigrantes vinieron de forma ilegal a los países bálticos, los gobiernos de Tallin y Riga han retirado la ciudadanía a cientos de miles de habitantes. La situación podría ser aprovechada por Rusia, que en situaciones parecidas ha optado por defender, incluso militarmente, a sus minorías más allá de sus fronteras. Nada impide que Moscú, al igual que hizo en las regiones separatistas de Georgia, Abjazia y Osetia del Sur, otorgue a estos rusos sin ciudadanía pasaportes, creando una complicada situación internacional. Pero más allá de una posible crisis diplomática, no se debe permitir, cuanto menos en la Unión Europea con lo que representa en cuanto a defensa de los derechos humanos, que miles de personas se vean privadas de algo tan básico como la ciudadanía. El cada vez mayor apoyo de sectores liberales y no nacionalistas de la población letona y estonia ha permitido que partidos políticos defensores de los derechos de la minoría rusa logren un número muy importante de votos. Además Lituania sirve como ejemplo claro de convivencia e integración entre baltos y rusos. A pesar de ello las graves consecuencias sociales de la brutal crisis económica que ha azotado a estos países desde 2008, amenazan con reavivar la tensión social y étnica en las repúblicas bálticas.

8 comentarios:

  1. Muy intersante este articulo. Estaba buscando algo asi para informarme y lo he encontrado aquí!! Gracias!!

    ResponderEliminar
  2. Muy interesante. Puede servir de base a lo que nos va a pasar a los que vivimos en Cataluña si la segregación se hace real

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. que flipao que estas ,es catalan quien vive y trabaja en Cataluña eso lo sabe cualquiera es uno de los mantras del nacionalismo catalan,

      Eliminar
    2. Esa es una definición de "campaña electoral" hecha en su día por el inefable Pujol. Hay otra más reciente que indica "Catalán es quien quiere serlo". Aparte de que es una definición recursiva, con todo lo que ello conlleva, esconde la clave: ¿qué es para esta gente "querer ser catalán"? Pues ni más ni menos que comulgar con el nacionalismo. Lo cual es perfecto para sus fines: el filtro no es ni económico, ni por origen. Es ideológico. Perteneces a la tribu si piensas como tienes que pensar. Si no, fuera.
      Y en cuanto a si en una Cataluña independiente se alcanzarían las cotas de discriminación que hay en Letonia contra la población de origen ruso, basta leer que en Letonia es obligatorio que el 60% de las horas lectivas en las escuelas públicas sea en letón (dejando lógicamente un máximo del 40% al ruso). Dime si en las escuelas públicas de Cataluña se permite un 40% de español, anda.

      Eliminar
    3. Y dale con lo del catalán en las escuelas.... los castellanoparlantes no pueden votar en Cataluña? El aprendizaje del español de los niños catalanes es inferior al del resto de españoles? Los examenes estatales demuestran lo contrario...

      Eliminar
  3. no sé perquè s'hauria de repetir aquí aquestes situacions, si les majories castellanoparlants són igual o majors partidaris de la independència que les catalanoparlants, aquí per molt que si posin no hi ha cap conflicte lingüístic.

    ResponderEliminar
  4. Estas republicas solo están abonando el odio de los rusos-parlantes. Si observasen un poco el crecimiento y desarrollo de Rusia y la caída continua del mundo anglo-yanki, verían que esos nacionalismos con raquíticas poblaciones van a ser flor de un dia.–tarde o temprano su economía pedirá auxilio y tendrán que claudicar.

    Referente a Cataluña y puesto que esa supuesta independencia esta activada desde afuera, no queda mas que decir que..quien dirige esto le importan un comino los catalanes y la prueba de ello la verán claramente con el cambio y sufrimiento de sus trabajadores (peninsulares) que se verán privados de la solidaridad del resto de España. Las grandes poblaciones mejoran las reclamaciones.

    ResponderEliminar
  5. Viví un año en Letonia en un pueblo casi 100% letón pero hubo algo que me sorprendió muchísimo cuando fui a Davgapils que es la principal ciudad letona con mayoría absoluta de población de origen étnico ruso. Conversando con uno de estos "rusos" jóvenes contemporáneo conmigo para esa época, yo le preguntaba si él tenía pensado continuar su vida en Rusia o algo así, ya que no se identificaba con los letones. Su respuesta fue que no, que su país era Letonia y que él era letón. Aunque me sorprendió y descolocó su respuesta, luego la entendí conmigo mismo, pues soy venezolano y hablo español pero no me siento español sino venezolano.

    ResponderEliminar